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LEANDRO ALEM: LA TRAGEDIA DE ANOCHE
LA NACIÓN
¿Cómo había ocurrido la catástrofe? El doctor
Leandro N. Alem había dado fin a su existencia, disparándose
dentro del coche que lo conducía al Club del Progreso, un tiro
en la sien derecha. Cuando el portero del Club abrió la portezuela
del carruaje, el tribuno popular, el agitador, el caudillo, era cadáver.
Ese cadáver fué piadosamente subido a uno de los salones
del club, colocado sobre una mesa, cubierto el rostro varonil con el poncho
de vicuña, semivelado así a la gente de todas las opiniones
que acudía a saludarlo con lágrimas en los ojos.
Se había suicidado Alem. Leandro Alem, el de las largas barbas
plateadas ya, el de los ojos vivos y fulgurantes, el de la palabra vibrante
y perentoria, el caudillo, el jefe, el hombre de la calle y de la plaza
pública, que arrebataba a las multitudes cuando les hablaba por
ellas, cuando los llevaba adonde él quería llevarlas, casi
ídolo, con su ascético rostro, con su vida clara, con su
altruismo extraño, y así ha muerto, tendido sobre una mesa,
cubierta la cara ensangrentada con el poncho de vicuña de sus amores
nacionales.
¿Por qué? Todos preguntaban el por qué, todos querían
conocerlo, y hubieran cuestionado al cadáver si hubiera podido
contestar, y quedaban mudos ante ese enigma. ¿Cómo, cuando
se es jefe de un partido poderoso, cuando se influye en los destinos de
una Nación, cuando se ha llegado a una popularidad, casi sin precedentes,
se puede cortar así el hilo de una existencia, saltar así
a la nada, romper así con todo lo que sonríe y lo que promete
? ...
Hombre maduro, el doctor Alem había visto muchas cosas, había
pulsado muchas pasiones, había hecho muchos sacrificios, y llegado
el momento del balance se había encontrado él solo en pérdida,
después de haber puesto casi todo el capital.
Muere en su teatro, en la calle de sus triunfos y las causas de su muerte
no han de conocerse tal vez por entero.
Es un hombre de abnegación y convicciones que se mata, y cuya
muerte produce honda sensación en amigos y enemigos; un luchador
que supo estar en pugna con todo lo existente que le parecía malo,
rodearse de una aureola popular, significar por sí mismo, encarnar
en su persona todo un partido y obligar a los demás a considerarlo
un bienintencionado pasionista, pero que todo lo supeditaba al bienestar
común; un caudillo por su exterioridad y su psicología,
término extremo y necesario para el desenvolvimiento de un país
democrático como el nuestro.
Aún los que no estaban de acuerdo con su lucha, han de ver que
su actitud estaba informada por una pasión sincera y, aunque excesiva,
nunca inspirada en un propósito de medro personal.
Cuando la candidatura de uno de sus amigos políticos a la Presidencia
de la República él supo desligarse orgullosamente al creer
que se tomaba un mal camino y el pueblo le llamó austero.
Más tarde se entregó en cuerpo y alma al triunfo de la revolución
del 90, y luego siempre lleno de las mejores intenciones, ofuscado sólo
por su pasión de ir ligero, de saltar obstáculos, de llegar
a pesar de todo y perentoriamente al fin, si contribuyó a la escisión
y pérdida de fuerzas de la Unión Cívica, fué
con el ansia de crear un partido formidable que arrasara con todo de una
vez y llegar a la conquista del ideal democrático, con una sola
carga de sus decididas huestes.
¡Ay! Eso era imposible y las dificultades se han ido aumentando,
amontonando hasta formar barrera insalvable; no triunfa ya en nuestro
siglo lo que no se ajusta a la evolución, lo que no la sigue, lo
que no se vale de ella.
El doctor Alem se inició muy joven en la vida pública, en
épocas en que se creía necesaria la violencia y desde un
principio hízose notar por su carácter que significaba siempre
una manera terminante y absoluta.
Su nombre era conocido y relativamente popular antes del 90 en que alcanzó
ultísima figuración y representó en su persona el
grupo numeroso de los excesivos, de los que querían llegar a saltos
al ideal, contra la regla de la naturaleza.
Llegó así, lejos del gobierno, repudiándolo siempre,
deseándolo mejor, libre de tachas mejor dicho, a gozar de una rara
popularidad que lo ha acompañado hasta el último día
de su vida y que hará que la noticia de su suicidio cause verdadero
estupor y provoque una extraordinaria manifestación de duelo.
Anoche, cuando corrió la triste noticia no había quien no
se negase a creerla; cuando el convencimiento llegaba, surgían
siempre frases de amargo pesar de todos los labios, porque al fin es uno
de los nuestros, un hijo de la tierra, un genuino representante de las
cosas que fueron y aún son, el que a la hora de esta, yace sobre
una mesa del Club del Progreso con su rostro enjuto y su luenga barba
casi blanca, cubierto con el poncho de vicuña de sus amores nacionales
el que lo acompañó a los atrios de las elecciones sangrientas
o a los congresos de debate tranquilo.
¡Duerma en paz Leandro Alem ! Que el descanso eterno la compense
de su lucha contínua. En nuestra historia tiene un puesto, su nombre
vivirá y hoy no habrá en toda la República quien
no lamente su trágica muerte y rinda tributo a sus virtudes.
Alma noble, luchador incansable, hombre de raro temple, librado a los
embates de la suerte pocas veces propicias ha llegado al término
de su carrera con la estimación de propios y extraños y
sin duda por eso en su rostro demacrado y en sus blancas barbas hay aún,
después de la muerte, un sello de placidez y de entereza.
¡Duerma en paz Leandro Alem! "
(La Nación, 2 de julio de 1896.)
Esta nota que he transcripto pertenece
al día siguiente del suicidio del Dr. Leandro Alem, y elogia
la figura del prócer que ya en vida gozaba de increible popularidad.
Se decía que los jóvenes se congregaban en multitudes,
y lo seguían a Alem por todos su recorridos ciudadanos, hasta
animarse a pedirle una palabra de aliento, que el Maestro nunca retaceaba.
Esto lo cuento un gran político argentino y diputado nacional
que en su juventud formaba parte de esos jóvenes que seguían
a Alem: el socialista Alfredo Palacios.
Este panegírico de La Nación
no podía obviar las críticas que aún en vida le
hiciera Mitre a Alem. En varios pasajes, el espíritu reaccionario
y conservador de 'La Nación', presagia la derrota del ideario
alemniano, cosa que la Historia terminará por refutar en forma
grandilocuente.
Matías Bailone
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SOMBRAS (poema) de Leandro N. Alem
Fantasmas que giráis sobre mi frente, negras visiones que agitáis
mi alma,
¿qué queréis? y ¿quién os manda del
abismo para llenar de sombras mi morada y
¿ Sois, acaso, funestos mensajeros
que a presagiar venís nueva desgracia? y
¿ no queréis que en la vida me ilumine ni el débil
resplandor de una esperanza ?
¡Mirad ! ¿No véis la tenebrosa lucha en que mi noble
corazón desangra y pues bebiendo por horas el acíbar
ni un quejido he lanzado.. .y ni una lágrima !
¡Ah ! si venís con el siniestro intento
de que incline mi frente en la batalla, ¡volved sombras impías
al abismo
porque es muy grande la virtud de mi alma !
Desde el primer instante en que mis pasos al tumulto social se aproximaban,
sentí sobre rni frente candorosa el hálito fatal de la desgracia.
Y al buscar del hermano la sonrisa,
desdeñoso y cruel me dió la espalda,
y huérfano y errante entre el tumulto
las sombras de las tumbas me rodeaban.
Pero ¡Adelante! -dije - que en la lucha,
se retemplan mejor las grandes almas,
cuando inspiradas por la voz de Cristo
al porvenir dirigen sus miradas.
Fantasmas que venís en torno mío
para eclipsar la luz de la esperanza,
¡volved a sepultaros al abismo:
¡Yo no inclino mi frente en la batalla!
LEANDRO N. ALEM
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PALABRAS
DEL DR. DOMINGO DEMARIA, en el entierro del Dr. Alem.
Señores:
El dolor es mudo como la muerte, y es por ello que mis labios debían
permanecer silenciosos ante la vista de este féretro que se ausenta
para siempre de nosotros.
Pero quiero también a mi vez retribuirle ese adios postrero que
me legó este gran hombre, al perderse para siempre en el fondo
insondable del infinito.
La vida del Dr. Alem es una lucha continua: desde sus primeros pasos en
el mundo, no tuvo más recursos que sus solas fuerzas, y ellas fueron
suficientes para llegar a ser el caudillo más grande y el tribuno
más brillante que registran los anales argentinos.
¡Qué poderosas debían ser ellas ! y qué grande
la virtud de su alma., y qué virilidad la de sus sentimientos!
Su carácter tenía el temple del acero: inflexible e inquebrantable,
no transigió nunca, ni con el crímen, ni con el vicio.
Eligió la senda del deber y de ella jamás se apartó,
por más irresistibles que fuesen los obstáculos a vencer,
y fué por eso que el pueblo que vió y comprendió
los esfuerzos de su alma generosa, creyó siempre en la sinceridad
de sus creencias y en la fidelidad de su conducta.
No iba a la plaza pública a agitar las muchedumbres por propósitos
livianos, ambiciosos o mercenarios.
Jamás
buscó nada para si en su agitada vida política; todo lo
hacía por la patria. El pueblo, que asi lo sabía, concurría
a su llamado y veía que el ejemplo de su vida austera coincidía
en un todo con sus propósitos.
No hizo la propaganda de su doctrina como otros, en lecciones de ciencias
especulativas en las cátedras a las jóvenes inteligencias
preparadas para ello, sinó que su acción fué más
vasta y más persistente; su cátedra era la tribuna popular
y desde ella, a la vista de todos y expuesto al juicio público,
era desde donde proclamaba las doctrinas políticas sin disfraces
de ninguna especie y rindiendo siempre culto a la verdad.
Ha caído, no como el atleta esforzado en medio de la lucha, sinó
que él mismo, de una manera estudiada y con profundo conocimiento
de causa, se arrancó la vida.
Buscó en el suicidio un descanso de las batallas tan fuertes que
tuvo que dar durante su existencia.
No conozco en nuestros anales patrios un sólo caso igual al presente
: todos los luchadores del pueblo, como Mariano Moreno, Echevarría,
Alsina y otros, han terminado su vida cumpliendo el proceso evolutivo
de la materia : nacer, crecer y morir.
Alem ha sido el único que no quiso sentir su espíritu decrépito
y ver que las fuerzas y el ánimo le faltaban: creería, si
esto hubiese podido suceder, que no era el mismo hombre; se hubiera desconocido
!
Su vida ha sido una continua lucha por la causa del bien, y el día
que creyó ver debilidades en el camino que de tiempo atrás
se trazó, hizo lo que Aníbal y Catón de Utica : librar
a sus enemigos de un campeón que nunca pudo ser vencido ni doblegado
por ellos. Potius moris quam fedaeris.
Nunca nada le negó a su patria: en la más grande guerra
internacional que tuvo, fué uno de los primeros voluntarios animosos
que concurrió al llamado del deber, abandonando familia y estudios
y soportando todas las rudas tareas del soldado, a pesar de tener una
naturaleza excesivamente debilitada.
Cuando en una república vecina se produjo una revolución
a efecto de derribar un gobierno espúreo, él se puso al
servicio de esa obra, recolectando socorros y dinero para esa redención.
Pero donde más se agiganta su figura es de seis años a esta
parte.
Tocóle ser jefe del partido popular, y con tan gran éxito
que, en el reducido espacio menor de dos años formó el partido
más grande y fuerte que se haya conocido en nuestras luchas civiles.
Pero, es necesario verlo como trabajaba; emprendía una serie de
giras a las provincias, agitando y poniendo en pie el espíritu
público que estaba inerte; de allí viene, organiza todo
el movimiento electoral de la capital; pera para todo esto le fué
necesario sacrificarlo todo: su estudio de abogado desapareció,
su pasar honrado y modesto se liquidó, sus horas de sueño
no existían y su salud se resintió de todo este gran esfuerzo
hecho.
Su obra fué grande y ella no sólo dió resultados
benéficos al país en la forma y modo de organización
unipersonal de los comités, sinó que puso también
en práctica el sistema de las convenciones para los puestos electivos.
El partido formado por él dió sus irutos, tanto en la lucha
paeífica de los comicios como en el campo azaroso de las revoluciones.
No sólo perdió su bienestar personal y salud, sinó
que sufrió cárceles, destierros y persecuciones, soportando
todas estas injusticias con altivez y sin humillaciones.
Lo único que le quedaba que dar al pueblo era la vida, y creyendo
que ella pudiera ser fructífera para su causa se la arrancó
con todo valor y sin pedir en cambio nada para él.
Fué por su causa tribuno, apóstol y mártir de su
credo político, sin más satisfacción que la del deber
cumplido.
Recojamos, pues, su testamento político y juremos aquí,
en su tumba, llevar adelante los principios de nuestro partido, imitando
el ejemplo de su vida para no desfallecer, para no claudicar, ni arrollar
la bandera en medio de la jornada.
Tengamos presente que la sangre de este mártir, dada en holocausto
por la buena causa, no puede quedar estéril sinó que servirá
para justificar nuestras creencias y sentimientos.
La verdad es que nos falta él. El más esforzado, el más
batallador y el más grande y abnegado de los tribunos argentinos.
El vacío que deja su partida será imposible de ser llenado
y si valoramos lo que valía en la vida, hoy después de su
muerte sabremos ver la falta que nos hará para nuestra propaganda
y acción. Y es por todo ello que la gratitud póstuma le
ha de levantar un monumento en el bronce o en el mármol, erigido
por el óbolo generoso y desinteresado del pueblo, pues su nombre
brilla ya en el panteón de la inmortalidad.
Y digo por el óbolo del pueblo, porque murió pobre después
de haber vivido virtuoso y haber sido combatido por los sicarios y sayones
de los protervos, pero ¡qué le da a él esto! ¡desgraciado
de aquél a quien no se combate ! Su mérito ha de ser muy
obscuro y dudoso cuando no basta a despertar el ladrido de la envidia,
ni el furor de los envilecidos.
Yo, señores, que lo he seguido a su lado por más de quince
años, con el mismo cariño y estimación que a un padre,
se cuán grande era su alma candorosa y apasionada, ese cerebro
tan profundo y bien constituído y ese gran corazón a la
vez de héroe y de niño por su romanticismo y pureza.
Yo, señores, he querido comprimir mis sentimientos políticos,
no he querido dar la nota fuerte en esta tumba, porque el gobierno y una
parte de la prensa adversa a nuestra causa han rendido tributo de aprecio
y admiración hacia el doctor Alem. Han comprendido recién
que era virtuoso e ilustre y han venido a pagar ese tributo ante su tumba;
a la virtud, que no tiene partidos, como no tiene ni país ni idioma
determinado, y que impone el yugo de su autoridad, de su ascendiente y
de su prestigio a todos los corazones nobles y generosos.
De su frente ya pálida y velada por los fantasmas de la muerte,
se destacan rayos luminosos que nos han de alumbrar a nosotros en el camino
a recorrer en la vida, para no separarnos del deber y la lealtad.
¡ Doctor
Alem! tú has atravesado el estrecho istmo que separa la vida del
sepulcro, en brazos de la inmortalidad y coronado por la gloria. Desde
tu mansión silenciosa, templo de tu virtud y heroismo, nos predicas
con tu muerte y tu testamento lecciones mudas pero sublimes, que nosotros
recogeremos en el fondo de nuestras almas, nuestras rodillas se doblarán
involuntariamente al pasar por delante de tu tumba y nuestras lágrimas
correrán largo tiempo como si pudieran reanimar tus frías
cenizas.
Dichoso tú que por tus obras, hoy sobrenadas en el piélago
inmenso de la eternidad, en que todo se sumerge y perece!
Vivirás en lo íntimo de mi ser como el más caro de
los míos! Te profesaba un cariño sincero, tú lo sabes
bien, cuando a la despedida me llamabas tu joven y leal amigo.
Serás mi égida en el camino de la existencia, y todos los
días los míos rogarán por ti; tanto te querían!
Hoy
cómo te lloran !
Hay prendas adoradas que viven constantes en el sueño inconmensurable
y eterno de la muerte, dice el gran dramaturgo inglés; así
vivirá tu nombre para tus amigos y para el pueblo de quien fuiste
el mártir y el apóstol de su credo.
¡Adiós para siempre!
Dr. Domingo
Demaría

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