Evoco a don Elpidio González, caballero que fué todo un
varón, todo un claro varón, digno, dignísimo de ser
presentado a la contemplación y a la estima de las generaciones
del país. Asiduo lector de Marco Aurelio: es decír, de uno
de los mayores filósofos de la virtud que haya dado el mundo, y
tan efectivamente virtuoso en su vida privada y pública que la
opinión de sus contemporáneos coincidía en hacerlo
descendiente de Numa Pompilio, el rey piadoso por excelencia.
González nutre su espíritu con la sustancia moral de esa
lectura. La convierte en algo vital y pulsátil. Bajo su impulso
se determina a seguir los pasos del maestro egregio en la educación
de su alma, y frena, como aquél frenó, arrebatos y violencias.
En adelante lo guiarán sus principios ejemplares, con tal arte
para la asimilación de tales máximas, que repitiendo a su
modelo -sobre la base, además, de una predisposición venturosa-
la franqueza y la bondad serían siempre los rasgos distintivos
de su carácter .
En transparentes honduras del alma debió de recoger nuestro claro
varón la imagen del antiguo, contento de que uno de sus nombres
hubiera sido Vero, en precisa conformidad con su natural verídico,
y que aun hubiera debido elevársele a Verísimo en justo
superlativo.
Pregunto ahora si alguno de estos rasgos de su confesado maestro en la
filosofía del vivir faltó en el espíritu de don Elpidio
González, o si más bien los tuvo a todos. El paralelo de
su moralidad es perfecto. Como puntos cardinales de su conducta, Marco
Aurelio, sabio director de sí mismo, nunca dejó de tener
ante sí cuatro preceptos que le venían por varia herencia.
De su abuelo, el de practicar costumbres irreprochables. De su padre,
el de la modestia y la firmeza varonil. De su madre, el de la piedad y
la beneficencia. De sus preceptores, el destierro de la expresión:
No tengo tiempo...
Y asimismo supo trabajar con paciencia, huir de los frívolos, odiar
la ostentación. y ponía buen semblante al libre juicio de
sus conciudadanos y rostro igual para la buena y la mala fortuna.
Nuevamente pregunto si no respondió puntualmente el discípulo
al maestro .
Pertenece a una familia de argentinos viejos, González. Sus antepasados
tienen cosas argentinas que narrar desde el siglo XVII. Se cuentan entre
los que hicieron sencilla y generosamente su obra. Su padre estuvo en
la guerra del Paraguay, por voluntario designio. Más tarde su ardoroso
patriotismo le conduciría también a las jornadas revolucionarias
del 90, del 98, de 1905.
De ahí procede este ciudadano admirable; de aquel vigoroso tronco
esta noble rama.
Son de agradecer las referencias del señor Torres acerca del patrono
de González, patrono suyo de elección, no de imposición
cronológica. Son de agradecer esas referencias, decía, porque
ellas nos demuestran, con la íntima religiosidad de su biografiado,
el valor que asumían estas cosas de los santos patronos en nuestras
casas solariegas.
Sepamos, por de pronto, que González nace un 19 de agosto -el de
1875-, día de san Pedro Ad Víncula, o san Pedro de las cadenas.
Bajo la fe del suceso puede entender el que nace en tal día, que
siempre halla manera el Señor de hacer quebradizo al hierro y sacar
a paz y salvo de todo a sus servidores. Muy bien le parece a González
que ello suceda. Pero estima, además, en materia de milagros, la
conveniencia de merecerlos. A este fin completará él a san
Pedro con san Elpidio y aquí nos anoticia el biógrafo de
González sobre que éste eligió por patrono entre
los varios santos Elpidios del santoral, precisamente al más heroico
en la lealtad; cabalmente a ese que, delante de Juliano el Apóstata,
confesó y proclamó su credo cristiano, por lo cual, se dice,
fué condenado al suplicio de ser arrastrado a la cola de caballos
indómitos y arrojado luego a la hoguera para que allí terminase
de morir. O sea que Elpidio González, en libertad de escoger el
santo homónimo, tomó para sí el que más lo
obligaba y mejor lo definía.
Como ciudadano es hombre también de todo o nada. Yrigoyen, en su
política de la abstención acusadora, le brinda un arma muy
para él; pues ¿dónde ejercicio más en consonancia
con su índole que éste del ascetismo cívico en la
forma de la intransigencia? Para todo eso está listo y también
para cualquier acción elevada; alta la frente para la mejor inspiración,
pulcras las manos para la más pura ofrenda. El tiempo dirá
si ha de encontrar el ara de los holocaustos. Entre tanto, ajusta su vida
a sus ideales. Es cuando viaja a Europa. Es cuando busca en España
el arrimo de los hombres rectores de la nueva política peninsular
.
La verdad es que hará falta mucho tesón y bravo ahinco,
realmente multiplicarse en la milicia proselitista para ir liberando al
país del enervamiento conforme y de la depresión indiferente.
El que vistió el uniforme de oficial de la Guardia Nacional en
tiempos de peligro de guerra, como el más fervoroso de los patriotas,
trae ese mismo espíritu a la arena pública. Todo menos la
descomposición moral. ¿Hay que conspirar? Se conspira en
nombre de "principios incorruptibles" sin cuya vigencia no hay
patria. Por lo demás, el programa de Yrigoyen es grande, claro,
simple. Existe una hermosa, una hermosísima Constitución
que va quedando en letra muerta y que debe renacer, siquiera sea porque
se pagó por ella el precio de muchas inmolaciones. Tal el porqué,
tal asimismo el para qué de la acción emprendida, con la
enérgica resolución de cumplir una jornada "tan memorable
como la de Caseros".
Y fué el 4 de febrero de 1905.
Me acuerdo de aquellas horas. Desde una quinta próxima a Córdoba,
donde pasaba con mi familia el verano, oímos una noche el cañón.
¿Sería la revolución tan esperada? Con las primeras
luces del 4, los repartidores cotidianos traen la confirmación.
Estalló la revolución y está victoriosa. Yo tengo
a la sazón casi los dieciséis años cumplidos. Quiero
ir a la ciudad y ver. Mi padre, henchido de fervor, me lo permite y voy.
Recorro todo el centro de la ciudad. ¡Qué bueno sería
-pienso en el camino- encontrar a Elpidio González! -amigo de mi
casa y de mi padre- que me distingue siempre tan bondadosamente. Pero
no le hallo, como es natural.
Las calles están de un aspecto nuevo, las gentes con otro aire.
No hay gendarmes de la policía en las esquinas. Son soldados del
Ejército los que velan por la tranqttilidad colectiva, fusil al
hombro. También pasan por los barrios patrullas de caballería.
Conocemos el nombre de muchos valientes. Nos sentimos inflamados por el
entusiasmo... Pero había sido solamente un espejismo. El movimiento
revolucionario, triunfante en Córdoba, sucumbió en Buenos
Aires. Todo estaba acabado. Mi dolor fué confuso; de una tristeza
no fácil de definir. Sólo sé que comenzaba a saber
con esa experiencia que la patria es sufrimiento también.
Tres días después llovió torrencialmente. Los caminos,
allí en el campo, eran un solo barrizal. Serían las 3 de
la tarde de ese lluvioso día. Todos dormían en casa menos
yo que escribía en la mesa del comedor con las ventanas abiertas
al jardín y a la lluvia. En eso, en una pausa del aguacero, un
galope. Un galope que se viene aproximando. Instantes más, y veo
que tras el cerco, detiene el jinete su cabalgadura y se apea. El jinete
franquea la puerta preguntando por mi padre. ¿Será Elpidio
González que acaso viene a refugiarse bajo nuestro techo? Quizás.
¿Por qué no? Pero no es él. No es tan aventajada
su estatura. El que avanza es un caballero alto, de recio porte, uno de
los ayudantes de González, el garrido entrerriano Manuel del Arca.
Se adelanta empapado por la dura lluvia, con el sombrero hecho hongo sobre
la cabeza, y al aire con insolencia dos largos revólveres en el
cinturón. Es un revolucionario que va a ocultarse y que por el
momento pide restaurar sus fuerzas. Hay que improvisarle un almuerzo.
y mientras se repone, cuenta, cuenta. ..y llueve otra vez. Al cabo de
mediano rato más, como lleva prisa, se va.
Don Elpidio González pisa el suelo de esas laderas volcánicas.
Anda por entre esas rachas de fuego. Pero conozcámosle bien: no
tiene un alma colérica, ni pronuncia nunca palabras de vituperio
para nadie. Su catequismo político es manso y suave. Lo que pasa
es que en modo alguno sus convicciones firmísimas necesitan de
esos estruendos verbales con que otros engañan la ausencia de ellas.
Su bandera idealista sabe ondear con tanta gallardía alada, precisamente
porque el asta es de hierro. Y va y viene entretejiendo los hilos de su
labor, con los mismos contenidos modales, con la misma señoril
moderación, ya afronte a los grandes, ya pase entre los humildes.
Puede llegar momento en que deba reprochar y reconvenir.
Pero reprocha y reconviene en secreto. Cuando no le es dado enaltecer,
caritativamente no hunde más. Socorriendo, es también como
se debe ser. Acude con uno o con otro auxilio, mas no será él
quien lo publique. Donde quiera que actúe su categoría moral
se patentiza a las primeras expresiones. No busca nada para sí.
El desinterés personal se transparenta en todos sus actos. Por
darse entero a la obra cívica, !! Interrumpirá para siempre
la carrera del Derecho en que le esperaban lustre y fama a la bienhechora
sombra de juristas como los doctores Julio Deheza y Nemesio González,
en cuyo estudio jurídico practicaba.
Ha perdido su carrera; pero la causa del civismo no le ha perdido a él.
No se puede servir a dos amos. O en la plaza o en el foro. Los correligionarios,
como para compensárselo, le decían doctor, y es lo justo.
En la verdad de los hechos él es uno de esos inesperados doctores
del Derecho Constitucional que hallan a veces las democracias. Yo también
por eso le llamaba doctor en nuestras conversaciones, procediendo como
quien se complace en un reconocimiento superior: el de su efectivo diploma
doctoral estampado en pergamino de renunciación muy hermosa, y
sellado con el blanco sello de un genuino espíritu de total sacrificio.
Por lo demás, ¿no sabemos que él era un incansable
abogado en el perenne litigio del pueblo con los detentores de sus derechos
sagrados?
Cuadra perfectamente hablar ahora de la gran revolución universitaria
de Córdoba, del año 1918, y situar a don Elpidio González
en aquel ambiente ardoroso. Desde luego sospechamos que él se ve
retoñar en esos renuevos. Tampoco a él le acomodaba en sus
años estudiantiles tanta Edad Media como se condensaba en los claustros
de la Universidad y muy singularmente en la Facultad de Derecho, con anacrónica
persistencia; al punto de que aun era tema de clases y de exámenes
la situación de los siervos en la sociedad. De tal manera esta
Facultad, vital entre todas, se había vuelto el sanctasanctórum
de la tradición, adonde no llegaban sino por excepción prodigiosa,
quienes no fuesen los más respetuosos adictos, no ya de sus honorables
archivos, sino, meior todavía, del polvo de esos archivos.
Enfocando este cuadro con un sentido estereoscópico, digámoslo
así, en procura de la mayor exactitud externa e interna, conviene
no olvidar algunas circunstancias topográficas urbanas: las unas
del pasado, las otras de los nuevos tiempos.
Debe considerarse, por consiguiente, pues mucho importa, que la manzana
de la Universidad tiene un típico aspecto español, colonial,
de una intensa sugestión poética. Allá los paredones
del Colegio de Monserrat, allá el macizo convento de los Padres
de la Compañía de Jesús y el monumento de su templo,
con sus torres poderosas; allá, en la angosta entrada de su muro
lateral, la leyenda bíblica de las palabras de Jacob: Casa de
Dios y puerta del cielo. Más allá las ventanas y tragaluces
de los fondos conventuales como en un amontonamiento de extravagantes
siluetas; allá, en fin, bajo el sordo pavimento, el supuesto subterráneo
-¿desde dónde historia, hasta dónde leyenda?- que
dicen unía antaño la casa de los Padres con los monasterios
de Alta Gracia y Santa Catalina. Catacumbas sin catecúmenos; bóvedas
que, de existir, no esconderían a la hora de hoy, más que
sombra vacía. Todo ese romántico prestigio, todo ese delicado
encanto.
Sólo una revolución podía sustraer a la Universidad
de su glorioso pero estéril tradicionalismo. Revolución
que estaba impuesta por los nuevos barrios y perspectivas de la ciudad
misma: por la Nueva Córdoba; por las arboledas y avenidas de su
parque; por la elevación de la Alta Córdoba; por las alturas
del Observatorio Astronómico. Esa nueva topografía, determinando
otro espíritu, había empezado a ponerle estrechísimo
sitio a la Universidad.
¿Y podía seguir interrogándose en Derecho Público,
que bien debía ser un Derecho Público Argentino, acerca
de la soberanía del Príncipe, como pudiera haberse hecho
en el caduco imperio alemán? A causa de ese absurdo prurito conservador
aplicado a lo inerte, asignaturas muy serias se volvían risueñas.
¿Es que era posible perpetuar los años del Niego, del Concedo,
del Distingo, en cátedra que exigía otros planteamientos
y otros fines? Había que elegir entre las nostalgias y el porvenir.
De las otras facultades tampoco cabía afirmar que respondiesen
con la debida amplitud a sus objetivos. El diputado Socialista doctor
Juan B. Justo había podido informar a la Cámara respecto
de gabinetes con maquinarias amortajadas de lona que nadie osaba poner
en función.
En suma: la Universidad no sabía la hora. Su antiguo cuadrante,
mal que mal, se había convertido en reloj. Pero marchaba con retraso
y cierto asaz precavido espíritu se aletargaba en la quietud. Hay
más. Por incuria, por inercia y también por rehuir contaminaciones,
la Universidad cultivaba la hurañía. Símbolo vivo
de su zahareña clausura era su campanero don Federico, el taciturno
don Federico, melancólico misántropo que llevaba quince
años de no salir a la calle ni para oír su misa, pues la
tenía dentro, a virtud de la comunicación existente por
aquel entonces, de la Universidad con la iglesia de la compañía.
Amarguras del alma lo habían confinado en su desván, en
un patio laberíntico, a solas con sus plegarías y su pena.
..
La Universidad, para el caso, se estaba confinando a su vez, por un exceso
de devocíón y añoranza por las cosas que fueron y
no han de tornar a ser.
Nada de esto ignoraba González. Dícho, contado y comentado
por persona abonadísima, él lo venía oyendo desde
la adolescencía; pues que años atrás le había
ímpuesto de ese dramático proceso de la pereza confíada,
su tío carnal, secretarío general de la Universídad,
precisamente: don José Díaz Rodríguez, tan innovador,
tan ilustrado, tan abierto, y tan en pugna con tanta parsimonía
y dejadez.
La revolucíón se había vuelto inevitable y estalló.
Una juventud no menos lozana que enérgica, venía a poner
en la hora justa el reloj de la Universidad. Era el 15 de junio de 1918.
Esa fecha es un nudo. Un nudo de incomprensíones, de rígídas
tozudeces, de infortunadas injusticias por ambas partes, también.
Pero por ese nudo pasa un hilo de oro: el futuro.
La lucha, acibarando enconos, hubo de llevar muchos meses, entre nerviosos
episodios, elocuentes proclamas y manifestaciones enormes. Con todo, en
setiembre de ese año no estaba aún sancionada por la autoridad
la victoria incontestable de la juventud reformista. ..Es cuando Elpidio
González, lugarteniente, alter ego, vícario del presidente
de la República, llega a Córdoba. Por esos días entrará
la primavera, y a fe que de un modo nuevo para la docta urbe. El 21 de
setiembre, en efecto, la farándula estudiantil se lanza a la calle
con carros alegóricos entre alborozados cánticos y alegres
sátiras que la ciudad entera festeja. Esa juventud supo pelear
muy bien y ahora sonríe. Sin ninguna duda, Elpídio González,
el sobrino dilecto de don José Díaz Rodríguez, el
estudiante de veinte años atrás, se ve retoñar -debemos
repetirlo- en esos renuevos. Con seguridad condena los excesos fatales
que se cometieron, pero no el movimiento innovador. Sereno y tuicioso,
pulsa, mide y aconseja. Es probable que muchos señorones resentidos,
poseedores de feudos en la campaña, se venguen de él con
sus votos feudales. Pero a la juventud hay que darle la palma y el laurel,
so pena de desvirtuar la significacíón tan claramente renovadora
de la presidencia de Yrigoyen, y Elpídio González aconseja
que se le den. Fué justicia y fué razón.
Ahora bien: es evidente que este hombre menudo, ágil, fino, de
ojos claros, de una mirada abarcadora, llevaba el mejor camino. Vive para
la masa anónima de sus conciudadanos pobres. Lo hace de corazón.
Cree en ella y en sus grandes virtudes. Pero cree ante todo en el hombre,
en cada uno de sus componentes. Quiero decir que es un individualista.
A su juicio cada individuo en esa masa, para bien de ésta, debe
ser promovido a la mayor responsabilidad personal. Para todos el adelantamiento
y la meta, mas por la obra de los que rompen a caminar adelante. Con todo,
se me figura que algo lo desazona a González en
medio de sus bien vividos apotegmas del deber. ...¿Qué alcance
tiene la acción?¿No marchamos a menudo en pos de meros espejismos?
Ya es un místico. Empezamos a vislumbrar lo que pasa en su alma.
Pero expliquemos su misticismo. En su sentir, la Unión Cívica
Radical es como una nueva grande orden de caballería, donde cabe
que existan caballeros monjes. El se siente serlo. El sabe que lo es.
Se refrescan en su espíritu los tiempos de los templarios y de
las iniciales reglas de san Bernardo. En rigor, se ha entrado fraile en
la vasta religión del Radicalismo. No le falta nada para monje
perfecto. Tiene derecho incluso al blanco manto de un Godofredo de Saint-Omer,
ya que desde hace lustros es casto, como lo saben algunos íntimos
suyos, por oblación a un maravilloso amor de su vida. Así
para que sea más encendida su voluntad de servicio, guía
sus pasos desde el Más Allá una dama transfigurada hasta
la excelsitud por el amor y la muerte. El resto es obediencia, pobreza,
milicia. El dinero ¿qué podrá darle que no posea?
y los honores: ¿para qué los querrá? Cuando el 6
de setiembre de 1930 se interrumpe deplorablemente la línea institucional
argentina, él se mira dueño de todo en su carencia de materiales
bienes, como mañana se verá libre de todo en las cárceles
que se le irán decretando. De este modo se acaba de convertir en
un monje de la vida política, como ya lo era de la vida del corazón.
Frecuenta las iglesias y la oración fervorosa. Los ojos se le han
hinchado un poco. ¿De lágrimas o de mirar mucho al cielo?
La voz se le ha vuelto aun más blanda. Sus manos son cordialísimas.
Su sonrisa está llena de beatitud. y un día, formalmente,
positivamente, piensa en la estametia y en el claustro, y anda en conversaciones
acerca de estos anhelos suyos con los prelados. Si a la postre no ingresa
en un monasterio es porque, según él mismo lo explica, la
voz del Partido, en horas gravísimas para el civismo, se le impuso
como verdadera voz de Dios, y él se dió entero otra vez,
como en sus juveniles años, a la sagrada causa del pueblo.
¡Con qué autoridad moral se presentó en el ágora!
Se dirige a los poderosos, los exhorta, los conmina. Habla con un acento
nuevo y hondo, grave y puro. Por ese mismo tiempo se deja crecer bigote
y barba, que ya le blanquean de tantas escarchas de sus noches y desvelos.
También se le nota el agobio de los años en las espaldas
combadas, como cansado muro que se alabea. Y momento viene en que no sabemos
por esas calles quién es este hombre de modesto indumento que ha
tomado un aspecto oriental y remoto. -¡Doctor Gonzálezl ¡Pero
es usted!, exclamábamos. ¡Pero es usted! y le abrazábamos
con efusión y respeto.
Sí. Era él. Era él mismo, si bien ya un Elpidio González
del todo venerable por esa blancura del alma que se le asomaba., hecha
dulce vejez al noble rostro.
Después enfermó para el último trance.
Se tendió para él, ex vicepresidente de la Nación,
indeterminado lecho de hospital. Se comprendió por muchas señales
que el ángel de la inmensa paz no andaba lejos. Que se le acercaba.
Que le cubría con un ala. y ahora sí que la hora del ansiado
hábito monástico de la orden seráfica se aproximaba,
bien que el hábito le llegaría en forma de mortaja, con
su cordón y su capucho, como probado buen abrigo para los fríos
ulteriores.
En la mañana del 18 de octubre -año de 1951-, fueron trasladados
sus restos del Hospital Italiano a la Casa Radical. Fuí de los
primeros en reverenciar su silencio. Pero ya muchos prohombres del Partido
habíanse adelantado a inclinarse ante su féretro. Estaba
bellísimo aquel varón admirable en el lecho del ataúd.
No como de mármol; sino, mejor, como de marfil. Así: ebúrneo.
Y la barba, de una plata amarillecida, iba a confundirse con la cruz de
su apacible fe que, como trascendente escudo, le habían puesto
sobre el pecho. En esa forma, era una estampa del Oriente, así
ataviado de peregrino de lo Eterno, como bajo un fulgor de santidad de
otros tiempos: ¡tan rico estaba ese pobre!
Y pues parecía dormido y no muerto, y dado que seguía subiendo
la mañana y no es bueno que un monje de san Francisco duerma más
allá del alba, era como para tomar la resolución de decirle:
-Padre Elpidio, padre González, despertad. Miradnos. Aquí
os estamos rodeando con la reverencia en el alma. Despertad, padre Elpidio
González, ¡echadnos la bendición!.
ARTURO CAPDEVILA
Semblanza de Elpidio González por Arturo Capdevila,
del libro biográfico de Arturo Torres, Editorial raigal, Bs. As.,
1951.